Contra odio, educación

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A la caída de la tarde del domingo pasado, en un pequeño estadio de la popular barriada malagueña de El Palo, terminaba un partido de fútbol de la modesta tercera división andaluza. El equipo local había ganado 1-0 al visitante lo que le mantiene en el primer puesto de la clasificación. Todos felices… o no. Antes de que los jugadores abandonaran el campo de juego dos energúmenos saltaron desde la grada y, tras intentar ahogarle sin conseguirlo, le asestaron dos puñaladas al capitán del Alhaurín de la Torre B, Samuel Galán, un chaval de 24 años con todo el futuro por delante. Uno de los pinchazos le llegó al corazón y ha estado a punto de perder la vida.

Todavía rumiaba yo ayer este inexplicable acto de odio, que lo hace más repugnante si cabe por perpetrarse en un espacio deportivo donde debería reinar el juego limpio y el compañerismo, cuando la mañana se convirtió en un desenfreno aterrador de muertos y heridos en el centro político de Europa, con un solo origen: el odio. Odio de quienes lo tienen tan elevado que hasta se odian a sí mismos y acaban engrosando la nómina de muertos.

Los dos instintos primarios más fuertes de todo ser vivo son el de supervivencia como individuo y el de perduración como especie. Para ello la Naturaleza se valió de la fuerza y del deseo sexual. Con la primera, cualquier ente con vida ataca cuando se siente amenazada por otra especie o individuo. Con el segundo, fortísimo, se garantiza la procreación. Desde los virus y bacterias hasta los hombres, pasando por todo tipo de invertebrados, peces o mamíferos, vamos por la vida con esos resortes predispuestos a expresarse.

Por ceñirnos a la especie supuestamente más evolucionada, el hombre, lleva matándose entre sí como lo hacían sus antecesores, los primates. Lo único que ha ido cambiando son las armas: puños, piedras, lanzas, sables, escopetas, cañones, misiles… y la organización: emboscadas, asaltos, batallas, guerras, terrorismo.

Lo que nos diferencia palmariamente del resto de los seres vivos es la autoconciencia, la imaginación, la conciencia moral y la voluntad independiente. Con estos cuatro atributos, exclusivamente humanos, tenemos toda la capacidad para superar las limitaciones originarias y sublimar las servidumbres. Solo mediante la aplicación continua de estos cuatro atributos, materializados en la educación, seremos capaces de transformar el odio en tolerancia y el instinto sexual animal en sensualidad y amor.

No lo tenemos fácil porque la ley de los contrarios es indeleble. Tras la noche, llega el día, al invierno le sucede la primavera y a la tempestad, la calma. En cada cerebro humano anida el mal y el bien, lo mismo que millones de bacterias saludables le son imprescindibles para la vida mientras otras le pueden causar la muerte. Nuestro destino, como individuos y como especie, depende de qué parte potenciemos. La educación es la clave, probablemente la única clave, para una vida que merezca ser vivida. Educación no solo en la escuela y no solo en el sentido de transmisión de conocimientos, sino en cada casa, en cada empresa, en cada relación, en cada espacio; educación en el sentido más hondo de inculcar y prodigar valores universales de respeto, aceptación, compasión y voluntad de amar. ¿Nos comprometemos a ello?

Lus-Domingo López, Coordinador de PIVESPORT

Artículo emitido hoy (23 de marzo) por Onda Cero Marbella

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